Abstraído en mis pensamientos, como todas las noches me dirigía a casa conduciendo casi instintivamente, sin prestar atención a los detalles del paisaje, más cual el destello de un relámpago en una nublada noche oscura, que me hizo desviar la mirada, divisé una hermosa silueta, era una hermosa mujer, cuyos cabellos negros y ondulados se mecían al ritmo de su hermoso andar, el vestido le ceñía el esbelto cuerpo hasta la cintura y el vaivén de la parte baja de ésta danzaba al unisonó a movimientos de sus hermosas piernas.
Me encontraba como a cincuenta metros de ella y continuaba viéndola por el retrovisor, mi pecho empezó a latir con agitación y cual un susurro audible en mis oídos que me decía vuelve, viré sin dudar el auto en el primer cruce disponible y la alcancé, estaba a punto de doblar la esquina para dirigirse por un callejón cuando me crucé en su camino cerrándole el paso.
Ella quedo sorprendida y atónita sin saber qué es lo que pasaba, e inmediatamente la apacigüé haciéndole una consulta, que mi mente improvisó, -disculpa, no te asustes- y le pregunte donde quedaba una calle que ahora pensándolo bien no sé por cual pregunte, con mucha amabilidad me indico, a lo que agregue que para donde iba, me respondió a casa, a lo que como todo un galante caballero me ofrecí llevarla, de hecho no esperaba que aceptara, y fue así, se negó a aceptar que la llevará, no se subiría al auto de un extraño, y al negarse hacerlo le dije permíteme estacionar mi auto más adelante y te acompaño caminando, es muy tarde y las calles vacías, por favor permíteme andar contigo, y sin esperar su respuesta me baje del coche y fui tras ella.
Mientras caminábamos pude percatarme que Juliana -pues así se llamaba- era una joven bajita delgada y morena, con un rostro tan dulce casi angelical, tenía una sonrisa franca y contagiosa, sus dientes blancos iluminaba y casi te obligaba a dibujar una sonrisa en tu rostro, su nariz fina casi perfecta, ojos negros profundos y cejas espesas bien cuidadas.
Mas lo que me dejó completamente cautivo fueros esos abundantes cabellos negro azabache, con grades ondas que casi le llegaban a la cintura.
Fuimos caminando y conversando tratando de yo obtener la mayor información posible de ella, supe que vivía sola, frente a la casa de su hermana, por lo que me pidió que la dejará como a una cuadra de su casa, pero insistí en acompañarla, pues quería asegurarme de saber dónde vivía, ya que había quedado cautivado y me negaba a la posibilidad de no volver a verla, previo a despedirme le pedí me diera su número celular, a lo que ella se negó, entonces me ofrecí a darle el mío, en ese momento no tenía ninguna tarjeta por lo que al hallar un papel en mi billetera rompí un pedazo y lo anoté junto a mi nombre, y le dije que por favor me llamara.
No bien hubo entrado a su casa, dime vuelta y volví caminando habíamos recorrido como dos kilómetros, y casi saltando de alegría retorne al auto pensando en tan bello encuentro, en verdad estaba muy contento, me pareció la mujer más bella que mis ojos jamás habían visto, su timbre de voz me parecía tan dulce a mis oídos que el que me hablará era música para mí. Por la conversación que tuvimos durante el trayecto supe que estaba asistiendo a una iglesia y se preparaba para pertenecer a ella, y precisamente ésa fue una de las cosas que más me gustaron pues el asistir a ésta le había forjado el carácter y la personalidad, era sincera bondadosa y con un gran amor a Dios.
Habían pasado varios días, aun pensaba en Juliana, no había llamado, y ya casi desesperanzado recibí una llamada de un número que no conocía, ¿Wilson? -Me pregunto- sí, ¿Quién habla?, e inmediatamente oí que alguien decía alejándose del celular, es el háblale, y le pasaron el celular, hola son Noemí dijo, ¡que sorpresa! Respondí, me alegra que me llamaras ¿Cómo estás?, estoy bien, disculpa es mi hermana la que te llamó, y me relató cómo había ocurrido el hecho, le estaba contando a su hermana como hace algunos días atrás conoció a una persona que le cerró el paso cuando volvía a casa e insistió en acompañarla, y todo cuanto ocurrió la noche en que nos conocidos, y esta le pregunto si sabía su número, le dijo que si, que lo había anotado en una pedazo de papel que aún lo tenía guardado en su billetera, y sin dudarlo le pidió, y le dijo llamémosle, y Juliana respondió No, no lo haga pero igual me llamaron, y estábamos ahí conversando amenamente y a partir de ese momento le llamaba todas las noches, y hablábamos horas y horas, no había cuándo terminará nuestras conversaciones.
Como todas las anteriores lúgubres y lluviosas noches, me he quedado absorto en mis pensamientos, que me permitieron viajar por esos inolvidables y cálidos días en los que a tu lado disfrutaba de dicha y felicidad, felicidad que embargaba mi alma el tan solo hecho de tenerte a mi lado.
Acostado en mi lecho, noche tras noche contemplo tu rostro de las fotografías tuyas que guardo como reliquias sacras e invaluables, vehículos que con tan sólo contemplarlas me hacen revivir momentos llenos de amor y felicidad.
Amor y felicidad que sólo quedan ahora cual imágenes grabadas en lo más recóndito de mi corazón.
Esta noche mientras escribo estas palabras, palabras que seguramente nunca las leerás, pues te has ido, y me he quedado solo en este mundo, soledad que me impide abrigar mi corazón con dulce sentimiento de felicidad y desfrutar de tu tan puro amor.
Amor que cual ave que levanta el vuelo ha partido de mi vida y te has llevado contigo toda esperanza de ser feliz y volver a amar, solo queda a mi lado recuerdos dulces de tu amor, amor que jamás había sentido antes que me condujeron por el camino inescrutable para la felicidad y paz hasta el día en que te conocí.
Recordé aquella mañana en la que fuimos a una de las cumbres más altas de este hermoso valle de Cochabamba, del majestuoso Tunari que casi al finalizar el invierno se vistió de un blanco refulgente. Como me encantó ver tu tan expresivo rostro, que brillaba de alegría, como te maravillaba el hermoso paisaje y ver las llamas que pastaban en esos tan inhóspitos valles cubiertos por escasa vegetación.
Cual dos niños que vieran por primera vez la nieve nos fuimos andando y disfrutando del bello paisaje, matizado entre roca y nieve. ¿Recuerdas? Hicimos un muñeco de nieve al cual pusimos rostro con rocas, manos de paja brava y botones de popó de oveja, que divertido fue todo ello. Ya de vuelta a la ciudad cansados pero felices de estar juntos fuimos contemplando como la nieve de los lugares que previamente habíamos visto cubriendo las montañas se habían derretido, los rayos del astro mayor lo habían convertido en agua que ahora corría por los senderos bañando todo a su paso. Por fin llegamos a Quillacollo, e inmediatamente nos apresuramos a recoger el auto para retornar. ¡¡¡Sorpresa!!! El garaje donde dejamos el auto estaba cerrado, no tomamos la previsión de que solo atienden hasta las cuatro de la tarde por las restricciones por causa de la pandemia, tuvimos que caminar un par de kilómetros ante de lograr que alguien nos llevara, qué ¡tiempos aquellos!