Todas las mañanas tras tu partida llego temprano al trabajo para seguir un protocolo que he adoptado desde tu ausencia.
Esperando nadie pueda advertirlo me siento en tu antes espacio de trabajo, con disimulo he acariciado tu escritorio, quizá pueda sentir la suavidad de tus manos.
Recostado en tu silla cierro los ojos y trato de imaginarte observándome, quizá pueda sentir lo que sentías al verme tan cerca de ti.
Abro los cajones de tu escritorio quizá pueda hallar algo que me acerque a ti, contorneo con la yema de mis dedos los papeles que lleva la escritura dibujada por tus delicadas manos.
¿Por qué te sientas tanto en esa silla y abres y cierras esos cajones?, me interpeló nuestra antes común amiga y compañera de trabajo, no supe que decir, solo respondí, no lo se.
Cuanta ganas tuve de decirle que te extraño, extraño verte sentada en ese escritorio, coordinar nuestras salidas a realizar las faenas del trabajo.
Y se me vino a la memoria cuando me dijiste, cuantas ganas tuve de correr a tus brazos y abrazarte, al oír que dijiste estabas triste, y que tenias un nudo en la garganta, y al relatar esto dejaste caer un par de lágrimas, por ello sé que no solo soy yo quien te extraña.
