En el umbral de mi puerta, al ocaso del sol de abril, que tímidamente se oculta tras las montañas, y al calor de la luz tenue casi agonizante, cuyos pálidos rayos parecen despedirse para no volver.
Abstraído en mis pensamientos que viajaban a los más cálidos y hermosos recuerdos, me llevaron a los días en que mis brazos solían envolver tu cintura en un abrazo de ternura y amor, tan natural como el respirar, mientras mi rostro acariciaba la suave y tersa piel de tus mejillas.
En un hondo suspiro que me hiso cerrar los ojos- y sin verte- recorría cada facción de tu apacible rostro, y podía divisar tu tierna sonrisa, que provocaba que tus carnosos labios se separaran para pronunciar mi nombre.
No estás aquí, y mi corazón te anhela, y aquí sentado en el ocaso de mi vida, te recuerdo, no pasó un día de mi apesadumbrada vida que no haya pronunciado tu nombre, como si esto lograra hacerte volver a mis brazos.
Con el frasco de tu perfume en mis manos que un día me regalaras, ya casi vacío, quizá al sentir su aroma cual mágica poción me transportara a tu presencia.
Sirena, era la forma del cristal, cual el ser mitológico que marineros en sus travesías de soledad y destierro decían solían ver y ser cautivados por el canto de su mágica voz.
Mi corazón cautivo por tu amor que noche tras noche destapa el mágico frasco de perfume quizá para poder oír tu voz y sentir tu piel, para ser transportado a los maravillosos días de felicidad.
Felicidad que se desvanece cual el perfume en los aires, felicidad que no la pude retener, pues te has ido y ya no estas.
Mis ojos humedecidos te buscan, más nublados por la soledad no logran inventar tu figura, los rayos del sol se ocultaron, en su lugar una lúgubre sombra cubre los cielos y no puedo sentir su calor como no puedo sentir tu aliento.
El aire ahora frio ha ocupado su lugar alejando todo vestigio del calor de astro sol, como la soledad ocupa tu lugar en mi corazón, ya no siento tu perfume también me ha abandonado dejándome en mi soledad.
Pues ya no estás.
